Ciegos por la prisa (Elena Lozano Santamaría)

martes, 17 de enero de 2012


















Son comunes en el metro las
miradas perdidas. Algunas son de desconsuelo; otras, de simple aburrimiento. Y la prisa. Corretean de arriba abajo d
ecenas de personas aceleradas, que resoplan al ver que (¡todavía!) faltan cuatro minutos para el siguiente tren. Hay, incluso, momentos de agobio en esas paradas abarrotadas de gente que se corresponden con terminales de autobús, universidades o grandes empresas. Parece que el mundo se les cae encima cuando algo ajeno a ellos interrumpe su prisa. ¿Hacia dónde va toda esa gente?

En este mundo tan lleno de prisa es muy común huir. Y hay muchas maneras de salir corriendo. Hay quien opta por quedarse siempre en el mismo lugar y huir de un futuro que puede complicarle la vida pero que, de seguro, le hará más feliz. También hay quien no camina por la vida, sino que corre por ella y se empeña en no parar nunca en un solo lugar. En huir del propio mundo al no atarse a nada ni a nadie y pasar por el mundo como si nada importara demasiado.




Las estaciones de metro son como pequeños universos que imitan a la vida en la superficie, porque en ambas realidades se mueven los mismos tipos de personas. Sin embargo, de vez en cuando uno puede encontrarse con gente que elige vivir. Hay quien decide que la prisa es un elemento más de la vida, pero no lo suficientemente importante como para convertirla en su centro. Hay personas que optan por aprovechar las oportunidades que se nos presentan y comprometerse con las realidades que les rodean. En definitiva, por abrir los ojos y aprender a mirar.


La prisa es una de las mayores distracciones que se nos presentan en la vida. En el metro, nos abstrae de las personas que pasan a nuestro lado y nos vuelve mudos de disculpas. En la vida, sin embargo, puede alejarnos de las cosas realmente importantes y hacernos inmunes a las miserias que conviven con nosotros. En todo caso, nos ciega y nos hace perder de vista el sentido de las cosas. En las grandes ciudades, en las amplias multitudes, en los trenes que solo se detienen unos segundos en cada estación es habitual preguntarse: ¿dónde se hace presente Él? Pues en esos ojos: en los que saben mirar.

Publicado en pastoralsj.org

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